MAIZENA DE FRESA
flores en sangre - 13-08-2006 02:59:52 | Categoria: Hoteles Piojito
Guillermo FadanelliMAIZENA DE FRESA
Ella estaba parada junto a un cartel de Cuidemos el agua, es por el bien de todos. Tenìa un vestido color betabel y zapatos de agujas largas y charol impecable,y su cabello negro, casi de plàstico, cortado por unas tijeras bien afiladas. Era tan pàlida como una puta del Càucaso, o si se quiere tan blanca como la avena o como el semen de un toro. "Una mujer blanca para esta noche negra y estùpida", pensè. La calle bautizada con el nombre de un santo, la banqueta estrecha y del fondo de sus coladeras un olor a orines y sangre de rata, y escremento y aromatizador Wizard. Ella mantenìa la barbilla alzada. La nuca recargada en la pared, y la mirada extraviada en un cartel de letras enormes, tipografìa helvètica: "No hay obstàculos lo que hay son malas desiciones" Me detuve por que tenìa los testìculos ardiendo, tal vez por que desde hacia muchos meses no recogìa a una desconocida para arroparla con mis sàbanas sucias, llenas de manchitas de mostaza y refresco de naranja, salpicadas con gotitas de sangre y escupitajos de pluma fuente. Me acerquè a ella, misterioso, como si guardara la navaja en la mano, aunque en lugar de la hoja filosa y refulgente extraje unas pastillas de frambuesa que tambièn brillaron con un rojo intenso. Y se las ofrecì.
Metì la llave en el ojo de la cerradura, a tientas por que mis ojos estaban en otra parte, y mis labios untados a su pezòn, tan duro como una avellana seca. "Espèrate a que entremos, papito" dijo, y su papito obedeciò, empujò la puerta d epino con olor a viejo y a barniz, encendiò la luz de un foco de 50 watts y la invitò a entrar a un departamento sin alfombras ni lavadora en el baño, ni clòset de puertas averiadas, ni peceras con peces de ojos saltones, ni envolturas de chocolate Hersheys tiradas en el tapete del baño. Y ella entrò fea como en realidad era, descubierta por la vil y amarillenta fatalidad del foco, con su cabello mal cortado y sus zapatos de charol descascarados por el uso, y sus uñas pintadas de un naranja infeliz y su piel dorada como la piel de una tortilla, y su vàgina limpia y rojiza como su vestido con una quemadura de cigarro en el escote. "¿Cuànto me cobras por hacer de cenar.?" "Nada", dijo, y preparò dos huevos estrellados, supurando aceite, y calentò en un comal el pan Bimbo y exprimiò la salsera como si estuviera estrujando la gran verga para sacarle el ùltimo chorrito de catsup.
Nos lavamos los dientes con el mismo cepillo de cerdas jodidas e hicimos buches con Astringosol y nos enseñamos la lengua como los que van a agarrarse a madrazos y antes se muestran los puños llenos de anillos y de huesos cicatrizados y nudillos negros. Pero la verdad estàbamos tan agotados, yo por mi trabajo en la oficina con la mano dolorida de tanto poner sellos en la parte inferior izquierda de cientos de facturas, y de ir en metro hasta Azcapotzalco a cobrar un adeudo, y volver y esperar que a un puto gerente se le hincharan las bolas para decirme: "Vete de una vez para que mañana vuelvas màs temprano." Y ella estaba tambièn a punto de dormirse , molesta por la violeta de genciana que tenìa a un lado del culo, "me mordiò un maldito perro", mentìa por que se la habìan cogido ya tres veces, tres malas desiciones que habìa tomado para salvar el obstàculo, el gran obstàculo. "Yo soy tu buena decisiòn, mi putita" le dije, pero no pudo escucharme, estaba dormida, llenàndome el cuello con su olor a Astringosol, clavàndome una rodilla en los testìculos hace un par de horas ardientes y ahora frìos como dos albòndigas amoratadas recien sacadas del refrigerador.
Se quedò a vivir en mi casa mientras estuve curàndole su mordida de perro, y ella hacièndome espaguetis, a veces con crema y a veces con tomate y nunca con mostaza como a mi me gustaban. Pero lo que sì hacia muy bien era chupàrmela mientras yo cerraba los ojos imaginàndome a la putita caucàsica de cabello azuloso y zapatso impecables que recogì en la esquina de una calle con el nombre de un santo. Y seguir poniendo sellos y firmando facturas se volviò un poco menos aburrido por que sabìa que llegando a mi departamento abrirìa la puerta de pino y estarìa ella ofrecièndome un plato de espaguetis con tomate y sus labios hinchados y rojos como una goma de mascar a punto de reventarse, y su culo ya cicatrizado , y mi casa un poco màs ordenada, sin los Corn Flakes regados por el piso, ni mis calzones Rimbros colgando en la fallebade la ventana, ni la taza del baño tatuada con las costras de orines, ni las cajitas de Maizena de fresa almacenadas en el horno de la estufa, ni mis revistas porno tiesas de semen regadas en el piso del baño. " Al final la puta se convirtiò en tu sirvienta", me dijo un dìa antes de que nos casaramos por el civil, porque no tenìamos el dinero suficiente para masturbar a Cristo, ni para el vestido, y el arroz preferìamos comèrnoslo con plàtanos fritos, y chìcharos muy verdes, y ejotes blanditos.
Ahora vuelvo a pasar por esa calle donde recogì a mi esposa y madre de mis dos hijos, y suspiro cuando veo a una jovencita de piel amarilla y ojos grandes que me llama para decirme: "Por què no nos venimos juntos papito." Y, hacièndome pendejo, dejo mi portafolios Samsonite en el piso para buscar en los bolsillos mientras le veo esas piernas de diecisèis años y los pezones lamiendo el escote de su vestido, y sus orejas pequeñas como de perro chihuahueño, y encuentro un billete de doscientos pesos que le muestro pasàndoselo por entre las piernas y dàndole una dèbil mordida en el hombro. "Es todo lo que tengo", le digo, pero ella tierna, me dice: "Es todo lo que valgo", y nos vamos a un hotel llamado Fabiola donde nunca hay agua caliente ni mùsica estereofònica, ni alfombras, ni ropa ordenada, ni cajas de Maizena de fresa juntitas y formaditas en la alacena, ni gritos de niños estùpidos, ni putas con el culo cicatrizado exigièndote a gritos el dinero para pagar la renta del departamento.
Guillermo Fadanelli
"Comprarè un rifle"
Ed. Anagrama 2004
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